dimecres, 16 de març de 2011

Emiratos Árabes (4)

Sharjah

El sábado por la tarde, después de almorzar con mis amigos, tomé un bus hacia Sharjah, el tercer emirato en tamaño, y el más conservador de todos. Aquí no hay alcohol, ni pipas de agua con las que fumar, las parejas no pueden vivir juntas si no están casadas, y las reglas de vestir son bien estrictas.



Sharjah
La primera impresión, nada más llegar, fue bastante negativa. Las habituales tormentas de arena del desierto hacen que una extraña nebulosa cubra toda la ciudad, filtrando los rayos del sol e impidiendo que pueda verse con claridad. Un montón de insípidos bloques de pisos se amontonan en espacios todavía sin urbanizar. Es en donde viven los inmigrantes de salarios más bajos, que no pueden permitirse vivir en Dubai, y que van y vuelven cada día al vecino emirato.


Sharjah no es un lugar al que acudan los turistas. Eso se ve nada más llegar, cuando uno intenta tomar un taxi y descubre que los taxistas no tienen ni idea de en donde está el casco antiguo restaurando, el fuerte o el museo de arte. Por supuesto, tampoco les suena el único Albergue de Juventud de la ciudad, pero, con la dirección en la mano y el mapa de mi guía conseguimos llegar.

El albergue estaba prácticamente vacío. Me tocó compartir habitación con un hombre mayor del Sudán. Nada más conocernos me explicó que tenía problemas de vista y me pidió que le limpiase los zapatos, pues al día siguiente tenía que tomar un avión. A las 4 de la mañana se puso a hablar por teléfono, supongo que con alguien de otro país, pues por las risas que oía era evidente que no lo había sacado de la cama, como a mí…

Volví a dormirme, pero a las 6 volvió a despertarme. Me pidió que fuera a la cocina y le preparar un té. No podía creerlo. Creí que partía temprano para el aeropuerto, pero tras bebérselo se puso de nuevo a dormir. El taxi venía a recogerlo a las nueve y media.

Dormido, después de una nochecita ajetreada, me puse en marcha. Quería aprovechar el día al máximo. No hay mucho que ver en Sharjah, pero vale la pena una visita. El casco antiguo, todavía en estado de restauración, una típica casa de la zona, convertida en museo, en donde se explican las técnicas de construcción, preocupadas sobretodo por mantener una temperatura fresca y agradable, y el Museo de Arte, muy sorprendente después de ver el entorno en el que se encuentra.





A 15 kilómetros del centro se encuentra la Ciudad Universitaria, una kilométrica avenida a los lados de la cual se encuentran un montón de edificios sorprendentemente fastuosos. Uno pensaría que se trata de palacios, rodeados de jardines y fuentes. Y en otra zona, a mitad de camino, y entorno a una gran rotonda, otros suntuosos edificios del gobierno, al lado del Museo de la Ciencia y el Museo Arqueológico, que no pude visitar, porque cierran los domingos.

 Edificios universitarios


Facultat de Bellas Artes

De vuelta a la ciudad descubrí la parte más bonita y amable de Sharjah. Alrededor de dos grandes lagos, se levantan enormes y modernos edificios. Un paseo, junto a una extensa zona ajardinada, permite pasear por sus orillas, y disfrutar de una bonita puesta de sol, mientras se toma un té sentado en alguno de sus tradicionales cafés.





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