diumenge, 31 de març de 2013

Chile 2013: Capítulo 3


Chile 3: De Chiloé a la Patagonia

Tierra de Chilotas


De Valdivia tomé un bus directo a Castro, la capital de Chiloé. Me habían hablado muy bien de esta isla que esconde un sinfín de iglesias de madera, algunas de ellas declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Los palacitos, al lado del mar, son uno de sus signos característicos que sorprenden primero al turista que llega hasta aquí.


 Chonchi
 Catedral de Castro




Después los paseos en barco para conocer las cercanas y más pequeñas islas de Curaco de Veléz o Achao  por ejemplo y degustar platos típicos como el curanto justifican plenamente el atractivo turístico de esta región. Además, la isla de Chiloé cuentra con una pingüinera en el norte, y un para de Parques Naturales impresionantes, el Parque Nacional Chiloé, en el centro de la isla, al lado de la costa oeste, y el Parque Tentauco,en el sur. Ambos ofrecen una gran variedad de senderos impresionantes.

La Carretera Austral


Después de que todo el mundo me hablase maravillas de la zona austral que se encuentra al otro lado de Chiloé, decidí tomar, desde el sur de la isla, un ferry hasta la localidad de Chaitén. Durante los meses de verano, enero y febrero, los barcos también salen desde Castro, pero en marzo se acaba la temporada estival, se reduce el número de viajes y se limitan al puerto de Quellón. Tras una noche en ferry, en donde conocí a una pareja de Berga que también están recorriendo Chile, llegué a lo que parecía un pueblo fantasma, a medio hacer.


Calles sin asfaltar y sin gente, y casas abandonadas y hundidas en la grava del río que cruzó la localidad después de la explosión del volcán Chaitén en el 2008. Pero la vida ha vuelto poco a poco a esta localidad y ya hay algunos hoteles, restaurantes y hasta una pequeña casita de madera en la que venden billetes de autobús.

Un canadiense establecido en la zona se nos acercó para ofrecernos una excursión que lleva todo el día y permite acercarse hasta la falda del volcán, del que todavía sale humo. Yo tuve la suerte de fotografiar un pudú, un gracioso animal que parece un pequeño ciervo. El guía quedó estupefacto, pues era el primero que veía desde la erupción del volcán. Una buena señal de que el bosque se está recuperando. Después nos adentramos en el Parque Pumalín, en donde se esconden un buen número de alerces milenarios y unas espectaculares cascadas. La visita la acabamos junto al mar, para ver como saltaban, no muy lejos de la costa, un sinfín de delfines.

 Alerce milenario en Parque Pumalín






De Chaitén parte, ya sin interrupción, la Carretera Austral. Se trata de una ruta de grava, prácticamente sin asfaltar, salpicada de bosques siempre verdes, canales, fiordos patagónicos, glaciares, volcanes, imponentes ríos, parques y reservas nacionales. La misma carretera se usa también como pista de aterrizaje en el aeródromo de Chaitén. Mientras realizábamos la excursión tuvimos que detenernos ante una barrera, como las que se colocan delante de las vías del tren. Una avioneta aterrizó, se levantaron las barreras y pudimos continuar nuestro camino…

A partir de ahí, nos dirigimos hacia el sur, adentrándonos en esta fantástica ruta llena de sorpresas, un lugar lejano e inhóspito. Uno tiene la sensación de que se aleja del mundo y cuanto más al sur, más a merced queda de los elementos. Un error en el lugar preciso en que debíamos apearnos del bus nos dejó en medio de la nada. Tras pasar una noche bajo un puente, al lado de un precioso río, y durmiendo en la tienda de mis nuevos compañeros de viaje, tuvimos la suerte de ser recogidos por un vehículo que nos llevó directamente hasta Puyuhuapi.



Esta localidad es el mejor enclave para visitar el Parque Nacional Queulat y su espectacular Ventisquero Colgante. Después de una preciosa excursión me despedí de Pep i Laura. Ellos debían volverse al norte. Yo esperaría el bus que, dos días después, me llevaría hasta Coyhaique, el único lugar de esta larga ruta en el que uno puede encontrar un cajero automático que acepte tarjetas internacionales.








Continuaría desde allí hasta el diminuto Puerto Río Tranquilo. La lluvia no me impidió acercarme en lancha hasta las impresionantes “Catedrales de Mármol”. Y tampoco visitar la vecina y bella localidad de Puerto Bertrand, desde donde me trasladé, siguiendo el curso de río Baker, el más caudaloso de Chile, hasta Cochrane. Allí contactaría, por primera vez, con miembros de la plataforma “Patagonia sin Represas”. Acepté su invitación y me sumé al acto de protesta contra los planes del gobierno  chileno y la empresa Endesa de construir varias presas en los ríos Baker y Pascua, otro intento de destruir uno de los pocos parajes vírgenes del planeta, la Patagonia Chilena.

Catedrales de Mármol


 






Unos días después me trasladé a Caleta Tortel, un lugar sorprendente, aislado y bello, al lado del mar, en donde desemboca al río Baker. En esta localidad no hay calles, sino pasarelas de madera de ciprés. Quilómetros y quilómetros que transcurren al lado del mar y suben y bajan por la montaña uniendo preciosas casas pintadas de vivos colores.


Compartí viaje con Máximo, un joven italiano que realiza un estudio sobre la reacción de los habitantes de la Patagonia contra los embalses proyectados. Allí están todos en pie de guerra contra el proyecto estatal. No se sienten chilenos, sino patagones, y afirman lucharán hasta el final.




Tras tres días me decidí a emprender el último tramo de la Carretera Austral, el que lleva a O’Higgins. Desde Caleta Tortel no hay trasporte directo. Si no se quiere deshacer las tres horas de viaje hasta Cochrane, la alternativa es hacer autostop hasta la carretera principal, y allí esperar el bus, que solo pasa dos días a la semana. Y allí estaba yo, solo, en la inmensidad de la Patagonia, cuando el bus se detuvo y me recogió, rumbo al lugar en donde se acaba esta famosa ruta. 


 Hostal "El Mosco"





Chilenos


 O'Higgins



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