dilluns, 10 de juliol de 2017

Indonesia 2017 blog 5


FLORES


Labuanbajo

la pequeña localidad a la que llegamos, no permite imaginar todavía lo que le espera a uno tan pronto como se adentra en las densas selvas de esta preciosa isla. Un auténtico paraíso de paisajes de ensueño al que uno va llegando por una carretera central que sube por empinadas montañas y desciende de nuevo para acercarse al mar, antes de adentrarse de nuevo en el sistema montañoso central de la isla. 






Bajawa

A las 6 de la mañana tomaba el bus hacia Bajawa, una localidad en medio de las montañas a la que llegaba 10 horas después. Una locura si uno piensa que se puede volar cómodamente de Labuanbajo, en sólo dos horas, y por 15 euros, cinco menos que el bus… Pero yo quería ver la isla, sentirla, y eso solo puede hacerse por tierra. El paisaje es tan precioso que se me pasó el viaje volando, casi sin darme cuenta.







Coincidí en el bus con otros dos turistas, Wilhelm, un muchacho austriaco y Paloma, una chica chilena, de Temuco. Los tres nos alojamos en Marcelino Homestay, una casita preciosa con un exuberante jardín en el centro de Bajawa. Marcelino, su propietario, organiza tours para conocer las aldeas de las diferentes etnias que habitan la región, y te acerca a cascadas y aguas termales. Pueden hacerse en coche o en moto. Ellos, a mi pesar, optaron por la moto, más económica. Una desafortunada caída por esos caminos de tierra dejó unas cuantas marcas en todo mi cuerpo, aunque a estas alturas del viaje, de eso ya hace casi un mes, ya prácticamente no queda ni rastro. Las caídas y accidentes de turistas motorizados parece ser una constante en Indonesia, a juzgar por la cantidad de heridos con los que me he topado.




Accidente a parte, la visita fue una maravilla. Tras el delicioso desayuno, incluido en el precio de la habitación (7 euros), montamos en las motos y salimos hacia la aldea de Luba, rodeada de un denso bosque de bambú. Las relaciones familiares de Marcelino con algunos de los habitantes de la aldea nos permiten entrar en sus casas y ver como viven. Son cristianos, y en esos días de mayo están celebrando comuniones. En todas las casas se preparan comidas y se invita a toda la familia. También a nosotros nos invitaron a comer.










Después visitamos la preciosa aldea de Bena. Como en la anterior,  las casas de madera se levantan alrededor del cementerio, en donde se hayan enterrados los antepasados, fundadores de ese clan. La visita la acabamos en un río en el que convergían dos cauces, uno de agua fría y otros de agua caliente. Un auténtico spa natural en el que pudimos relajarnos un buen rato.




Kelimutu, el volcán de los tres lagos

A la mañana siguiente compartiríamos un taxi hasta la localidad marítima de Ende. Nos esperaba un agradable viaje entre bosques de jungla, campos de arroz, bonitas casas de bambú con preciosos jardines llenos de flores, montañas, densa niebla en las cimas, y, finalmente, el mar. Allí compartiríamos otro taxi hasta Moni, un pequeño pueblo de montaña, a dos horas de Ende, y desde el que se accede fácilmente al Kelimatu, un volcán rodeado por tres lagos, cada uno de un color distinto.




Esta vez nos hospedaremos en el espartano alojamiento de Santiago, una habitación con varios colchones en el suelo. Eso sí, con unas vistas estupendas a un exuberante bosque de bambú. Muy cerca, en la misma carretera que cruza el pueblo, encontramos un restaurante fabuloso, Moni Kopi, en donde desayunaremos, almorzaremos y cenaremos de maravilla. Allí conoceremos también a tres parejas muy agradables, una de Madrid, Jesús y Merche, otra del Pirineo Catalán, y otra de Chile, con las que compartiremos buenas comidas y agradables charlas.

Tras tomarnos un día de descanso y relax, decidimos abordar el objetivo de nuestro viaje hasta Moni, el ascenso al Kelimatu. En Moni Kopi encontramos otros turistas con los que compartir el taxi que nos recogería  a las 4 de la mañana en nuestro alojamiento. Levantarse fue fácil esa mañana. A las 3 nos despertó un fuerte terremoto de 6,5 puntos que movió intensamente las paredes de nuestra cabaña durante unos largos segundos. Ya no pudimos dormir. Tras 45 minutos de conducción y llenos de energía, tras la sacudida, nos dispusimos a caminar los 20 minutos que hacen falta para llegar a la cima, je je…





Sí, es un ascenso de lo más fácil, y quizá por eso hay tantos turistas. Se llega todavía de noche, a oscuras, para ver amanecer desde un gran mirador. Con los primeros rayos del sol empiezan a verse los lagos y con la luz del día se distingue claramente el diferente color de cada uno de ellos. La mayoría toma el taxi con el que llegó y regresa a Moni. Nosotros decidimos que valía la pena caminar un poco y tomamos el sendero que lleva a pie hasta Moni.



Resultó ser un paseo precioso, primero por una densa jungla tropical, después por campos de cultivo, de judías, berenjenas, zanahorias, plataneros, tapioca, y arrozales. El camino atraviesa por varias aldeas de humildes casas, eso sí, con preciosos jardines llenos de flores. A estas alturas ya sabemos el porqué del nombre de la isla!!




También nos encontramos con algunas escuelas. En una de ellas, los maestros nos invitan a pasar y, para nuestra sorpresa, los alumnos entonan varios himnos y nos muestran algunas danzas populares. Como en todos los lugares en los que he estado hasta ahora, la gente es súper agradable. Todo son sonrisas y muestras de afecto. Como no podía ser de otro modo, también yo les enseño una canción, que parece encantarles. Enseguida cogen la letra. Mientras nos alejábamos de la escuela todavía les oía cantarla.



El paseo fue muy agradable, aunque al final, en el último kilómetro, nos sorprendió la lluvia y quedamos algo mojados. Aquella misma tarde, después de secarnos, tomar un delicioso almuerzo, y despedirme de los que habían sido mis compañeros de viaje durante unos días, tomé un taxi de regreso a Ende.

Flores es una isla grande, y todavía me quedaban muchos lugares interesantes por visitar, pero tristemente, mi visa de un mes estaba llegando a su fin y tenía que volver a Bali para renovarla por otro mes. Consciente de ello había comprado un vuelo desde la vecina localidad de Ende. Más tarde me enteré que si hubiera  volado desde Maumer, otra ciudad a 3 horas de Moni, hacia el este, el mismo vuelo me hubiera costado la mitad, o sea 25 euros. Atentos pues, si tenéis que volar desde Flores, los precios cambian considerablemente si se escoge uno u otro aeropuerto.

La última noche en Ende fue muy agradable. Me hospedé en un acogedor hotel a unos minutos a pie del pequeño aeropuerto, que se encuentra en el centro del pueblo. En la misma calle encontré un restaurante absolutamente recomendable, Sari Rasa, en donde su propietario, un anciano chino, prepara unos fideos con pollo deliciosos. El hombre, muy agradable, me explica que los hace el mismo y sólo utiliza ingredientes ecológicos, sin químicos. Además me invita a dos tazas de caldo con jengibre y pimienta súper reconstituyentes.


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