dijous, 10 d’octubre de 1991

Estats Units 1991

USA 91
Del 21 de junio al 1 de octubre de 1991
London, New Yersei, Phoenicia (Timber Lake Camp), New york, Philadelphia, Niagara Falls, Salt Lake City, San Francisco, New Orleans, Orlando, Charleston, Washington DC, Phoenix, Flagstaff, Grand Canyon, Raleigh Durham, New York, London.



Del 22 de junio al 22 de agosto trabajo en el Timber Lake Camp, uno de los campamentos de verano de Camp America, una organización norteamericana que recluta jóvenes de otros países para trabajar durante el verano. Camp America se hace cargo de todos los gastos de viaje, alojamiento y manutención.


Timber Lake Camp se encuentra a unas tres horas al norte de New York, cerca de Albany, la capital del estado, y al lado de los pueblos de Phoenicia i Woodstock. Allí pasaré dos meses, en medio de frondosos bosques y al lado del lago Timber, conviviendo con 600 niños y niñas y unos 300 monitores más.

Acabado el campamento empecé un largo viaje alrededor de los EEUU.

En tres horas de autobús me planté en Nueva York. Allí me hospedaría en casa de Christopher, un amigo que había conocido en Londres y que vivía en Manhathan. Después de visitar Central Park, el Metropolitan Meseum, The Trump Tower, el Museo de Historia Natural, el Soho, el World Trade Center, la Estatua de la Libertad, o la isla de Ellis, entre otros lugares, tomé un bus hacia Philadelphia.


Philadelphia fue la primera capital de los EEUU. El lugar en que se hizo la Declaración de Independencia y la Constitución Americana. Es también la cuna de los Quakers, un grupo religioso que se caracteriza por su sencillez y humildad, y al cual pertenecía Benjamín Franklin, la tumba del cual se haya en esta ciudad.


En Philadelphia me alojé en casa de Virginia, una amiga que había conocido un año antes en Barcelona y con la que visité algunos de los lugares más emblemáticos de la ciudad, como el “Independence Hall”, el Pabellón de la Campana de la Libertad, o el “Congres Hall”. Además pude visitar y conocer a fondo la famosa escuela para mujeres de Bryan Mar, en donde estudiaba Virginia y su compañera de piso, Kim.


Desde la estación de Philadelphia, escenario de tantas películas, tomé un tren hasta el aeropuerto y volé, en una pequeño aparato, hasta Boston y de allí, en otro, a Búfalo. Mi destino eran las Cataratas de Niágara (Niagara Falls). Un día fue suficiente para recorrerlas y poder contemplarlas desde el lado de EEUU y el del Canadá.

Mi “airpass” me permitía, por 440$, tomar tantos aviones como quisiera durante un mes. Tan fácil como tomar el metro. Así pues, volé hacia Atlanta, en donde tomé otro avión hacia Salt Lake City, en Utah, el estado de los mormones. Una visita bien curiosa al corazón de esta comunidad de fundamentalistas religiosos que en torno a la figura de John Smith, el fundador, han montado un buen negocio alrededor del mundo. Fue una parada en mi camino hacía un lugar totalmente diferente, San Francisco, en donde permanecería una semana.


El Golden Gate, Alcatraz, China Town, Castro, Misión Dolores, Carmelo, Monterey, Reserva Nacional de Punto Lobos…


De nuevo en el aire, aterrizo en New Orleans, una ciudad fantástica, llena de vida, color, y música, que además posee una cocina excelente, conocida con el nombre de cajún. Allí probaré por primera vez la carne de cocodrilo. Disfrutaré de los locales nocturnos en donde puede oírse jazz en directo todas las noches, como el “Pat O’Brian’s” y me hospedaré en una preciosa casa colonial de madera.


Y por fin Orlando, el parque de Walt Disney y el de Universal Studios, en donde pasaré cuatro días inolvidables. Desde allí subiré hacia el norte, la bellísima ciudad de Charleston, en Carolina del Sur.


En Washigton visitaré la Casa Blanca, el Parlamento, las oficinas del FBI y hasta las del Pentágono, el Memorial de Lincoln y el Monumento a J. Washington. También conoceré a Concepción, una española que llevaba años protestando contra la guerra y las bombas nucleares delante mismo de la Casa Blanca.


Finalmente, no pude resistir la tentación y volé hacia Phoenix. Desde allí me trasladé en una pequeña furgoneta hasta Flagstaff, un pequeño pueblecito cercano a Gran Cañón, cruzando territorio navajo. Una maravilla imprescindible en todo viaje a los Estados Unidos.


La vuelta la haría con una avioneta de 12 pasajeros, que me llevaría de nuevo a Phoenix, desde donde tomé un avión hacia Raleigh-Durham, una ciudad de Carolina del Norte en donde estudiaba una prima a la que aproveché para visitar. Y de allí, de nuevo a New York. Tres días después tomaba el último vuelo, esta vez con destino a Londres. Se acababa el viaje.





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