Al este de Canadá
Unas
9 horas separan la ciudad de Barcelona de Montreal, un trayecto que
se pasavolando
y que te lleva a otro mundo.
Y es que, a pesar de ser un país occidental y compartir muchos rasgos con Europa, aquí la vida parece tener otro ritmo, mucho mas tranquilo y pausado. En las ciudades se pasea con más tranquilidad. Abundan las plazas y zonas peatonales llenas de sillas y bancos en los que la gente se sienta a contemplar a los que pasean, disfrutando del buen tiempo del verano. Se conduce sin prisas, sin pitos, se cede el paso y nadie se enfada con un turista al volante al que le cuesta un poco saber cuando tiene paso o no. Y es que aquí no hay rotondas, sino un montón de semáforos, situados mucho más allá de donde se ha de parar, y que dan preferencia a unos y otros en cruces que permiten todo tipo de direcciones...
Conducir por el país es una maravilla, siempre rodeado de bosques, bordeando lagos interminables, cruzando pequeños pueblos de preciosas casas de madera diseminadas por doquier, rodeadas de jardines y a menudo sin aceras. Uno no pararía de hacer fotos. Cada casa es distinta, formas, tamaños, colores. Uno las fotografiaría todas.
Un montón de destinos posibles
El país es grande y son tantos los lugares a visitar que cada uno puede hacerse un itinerario diferente y a medida, dependiendo de lo que más le guste.
En este primer viaje por el este de Canadá, acompañado de Jan, mi sobrino de 20 años, hemos intentando ver algunas de las ciudades más importante del este y después explorar las zonas más perdidas al norte de Quebec, descubriendo la agreste naturaleza que esconden lugares como la Gaspesie o la provincia de New Brunsvik.
Si hubiéramos dispuesto de mas días nos habríamos acercado hasta la isla del Príncipe Eduardo y Nueva Escocia, pero 20 días dan para lo que dan. En otro viaje habrá que volar a Hallifax, ciudad cercana al lugar en que se hundió el Titánic, y desde allí visitar la isla de Cap Breton y saltar a Terranova y Labrador. Pero ese será otro viaje.
MONTREAL
Nosotros hemos visitado Montreal, una ciudad tranquila, sosegada, fácil de recorrer, llena de calles peatonales, mercados y buenísimos restaurantes de todos los lugares del mundo. Una ciudad, como también las otras, muy abierta y tolerante, llena de banderas del orgullo, que ondean hasta en el interior de las iglesias. Música en vivo por todas partes, conciertos, festivales, senderos por los que correr, a pie o en bicicleta y pasear tranquilamente.
Desde allí, en tren o en autobús, es muy fácil trasladarse a las vecinas ciudades de Otawa, la capital, la bulliciosa Toronto, o la europea Quebec.
TORONTO
El Nueva York de Canadá, según Jan
Una ciudad moderna, en donde se encuentra la calle más larga del mundo “Yonge Street”, y lugares tan interesantes como el Waterfront, las islas de Toronto, St. Laurence Market, Distillery District, una antigua fábrica transformada en un lugar de ocio, con tiendas y restaurantes, Cabbage town, o Kensinghton Market, por citar unos pocos.
Las Cataratas del Niágara
Desde Toronto se accede fácilmente a Niagara Falls. Dos horas de bus lo plantan a uno en uno de los lugares más espectaculares del planeta.
1.000 Islas
De Toronto tomaremos un bus hacia Gananoque, un lugar conocido por ser de fácil acceso a las llamadas 1000 islas, aunque en realidad hay unas 1.800. Esta reserva de la biosfera, patrimonio de la Unesco, es una auténtica sorpresa. Un crucero de tres horas, que atraviesa la frontera con los EEUU y permite ver de cerca las islas, de uno y otro país, cubiertas de frondosa vegetación y salpicadas de preciosas casas de madera, de familias adineradas que se desplazan hasta allí para aislarse del mundo.
Otawa
De Otawa a Quebec se tarda unas 6 horas en tren. En bus supone unas 2 o 3 horas más. Uno de los problemas de ir decidiendo la ruta sobre la marcha y no planificar con tiempo es que puedes encontrarte con que ya no queden plazas, al menos de tarifa económica. Y eso es lo que nos ocurrió a nosotros. Los 80 euros del trayecto económico ascienden a 150 € en "business".
Por suerte disponíamos de una suculenta rebaja como compensación al retraso que tuvo el tren en el trayecto hacia Toronto y no lo dudamos. Y valió mucho la pena, pues viajar en "business" en los trenes de Canadá es toda una experiencia. Mucho mejor que en un avión. No pararon de darnos bebidas y comida durante todo el trayecto. Almorzamos y cenamos de maravilla, un menú delicioso y muy bien servido. Se me ha quedado grabada la frase de Jan “el vaso de cristal me tiene flipando”.
Quebec
La estación de trenes de Quebec vuelve a dejarnos anonadados. Preciosa. Allí tomaremos un bus a nuestro "hostel". Aquí, al contrario que en las otras ciudades, no se puede pagar el bus con visa y como no llevamos calderilla el chofer nos invita a subir y no nos cobra.
Para visitar el territorio que se extiende más allá de la ciudad de Quebec es necesario disponer de un vehículo. El transporte público apenas cubre los trayectos que unen las pequeñas poblaciones diseminadas por la zona de la Gaspésie o Nova Brunsvic, y definitivamente no permiten visitar los numerosos parques naturales.
Al día siguiente visitaremos el Parque Nacional Forillón, en dónde realizaremos otra caminata de unos 8 km que nos permitirá atravesar unos bosques de película llenos de hongos de todos los colores. Y disfrutaremos de la puesta de sol en Persé.
Nuestro primer objetivo es “Hopewell Rocks”, unas rocas enormes erosionadas por el agua y que quedan al descubierto cuando baja la marea, cubriéndose de nuevo cuando sube. Pudimos pasear entre ellas cuando llegamos y verlas rodeadas de agua antes de marcharnos. Aquel día dormiremos en un Bed&Breakfast fabuloso, “Mountanview Solitude Inn, una casa de madera de 400 años de antigüedad, en donde nos recibe una mujer muy agradable que, por la mañana, nos preparará un desayuno abundante y delicioso.
West Canada
Edmonton
Se llega a un aeropuerto pequeño. El equipaje se recoge en unas salas a las que cualquiera tiene acceso. De hecho muchos familiares se reencuentran allí. Recoges la maleta y ya sales a la calle.
Pregunto, en información, por los buses que van al centro y me preguntan que centro. Me quedo a cuadros. La sorpresa inicial es solo el preludio de todas las sorpresas que me esperan.
Mi destino es "down town". Cogí allí el hotel porque quería estar en el centro, para poder andar a todas partes y porque es en donde te dejan siempre los buses o trenes con los que llegas a una ciudad. Edmonton no tiene nada que ver con las otras ciudades que he visitado en el este de Canadá.
Aquí no hay ni estación de buses ni estación de trenes. No hay ni una oficina de información turística. Sólo 4 líneas de tranvía, que empezaron a construirse hace unos 10 años, que cruzan la ciudad y conectan diferentes barrios, que, por la distancia, bien podrían ser pueblos vecinos.
Algo no me cuadra. Es una gran ciudad, grandes avenidas, repleta de parques, jardines y zonas verdes preciosas, lujosos edificios de cristal, la mayoría hoteles y oficinas, pero no hay nadie. Parece una ciudad fantasma. Sólo me cruzo con gente muy rara que deambulan como zombis, sin saber muy bien hacia donde van. Deben ser las víctimas del benzanil, esa droga que hizo estragos en EEUU, y parece que aquí también. Montones de locales cerrados cuelgan el cartel de “se alquila”. Restaurantes y comercios que no resistieron el abandono del "down town" de sus habitantes.
Pronto aprendo que desde el covid la gente se fue a vivir a los barrios de las afueras, en bonitas casitas y mucho espacio por en medio. Con el teletrabajo ya ni han vuelto a las oficinas del centro. A eso hay que añadirle la falta de vivienda en condiciones, asequible, y las obras del tranvía, que han bloqueado el centro durante años. Me cuentan que el gobierno de la ciudad está llevando a cabo un gran programa de renovación. Varios centros comerciales cerrados van a convertirse en viviendas asequibles y esperan que la nueva red de tranporte facilite la vuelta de habitantes al centro y un renacimiento de la ciudad.
El hecho es que si uno se queda con la imagen del centro no vuelve en su vida a esta ciudad. Pero en cuanto te desplazas a otras zonas todo cambia. Yo me cambié de hotel y me fui a la vecina Old Strathcona. Vaya cambio. Al menos por las tardes, cuando, con el fresco, las calles se llenan de gente que busca un buen restaurante en donde cenar o una buena pastelería o heladería, que de todo hay, y de la mejor calidad.
El resto del día todo está bastante desierto. Y es que aquí todo el mundo se desplaza en coche. No se camina. Y aunque hay un buen sistema de autobuses, pocos lo utilizan. Van siempre prácticamente vacíos. Si no se solicita y no hay nadie esperando en la parada, no se detienen. Hay que prestar atención porque si te pasas la parada igual ya no te puedes bajar. Gran parte de las rutas transcurren por carreteras que no coinciden con las de regreso. Grandes espacios verdes y solitarios que separan los diferentes destinos. Y es que casi todas aquellas atracciones que merecen ser visitadas se encuentran lejos del centro, como el West Edmonton Mall, el centro comercial más grande de América, a una hora en bus del "down town".
Edmonton Centro
En el centro puede visitarse el Parlamento de Alberta, la provincia de la que Edmonton es capital. El Royal Alberta museum, la Art Gallery of Alberta, el lujoso hotel Macdonald de la cadena Fairmont i el ICE Distric, al lado del ayuntamiento, y en donde los hoteles y restaurantes de lujo mantienen cierta vidilla.
Luego hay que tomar el bus si o si para ver el resto de atracciones, como el Muttart Consevatory, un pequeño jardín botánico bajo 4 impresionantes pirámides de cristal, o el Fort Edmonton Park, una especie de parque de atracciones que te vuelve a los orígenes de la conquista del farwest…
La parte más interesante del viaje empieza cuando llego a Jasper, la ciudad que da nombre a uno de los parques nacionales más impresionantes de Canadá. Un pequeño pueblo en reconstrucción, después que un gran incendio, hace ya dos años, quemara una multitud de casas, el albergue de juventud incluido.
Maligne lake
Athabasca falls
Columbia Icefield y Athabasca Glacier
El Columbia Icefield se encuentra en la frontera entre los dos grandes parques nacionales de Alberta, el de Jasper, de dónde venia, y el de Banff, a dónde me dirigía. Los dos parques están pegados y conectados por la carretera Icefields Parkway (Hwy 93), que es una de las más bonitas del mundo.
Bow Lake
Lake Louise es una de la joyas del parque nacional de Banff. El parking, que es carísimo, se llena enseguida y por eso la mayoría de visitantes utilizan unos buses gratuitos que hay que reservar con antelación para asegurarse una plaza. En todo el trayecto por los parques nacionales sólo me llovió un día, y fue justamente el elegido para visitar Lake Louise. La niebla no permitía ver los glaciares que coronan el lago, ni tampoco las montañas que lo circundan, pero estaba allí y había que aprovechar, así que con mi chubasquero y el espray para osos a mano, me puse a caminar y recorrer algunos de los senderos que existen en la zona.
Lake Agnés
En medio del bosque cuenta con refugios mas sencillos, pero igualmente acogedores, como el Hi Mosquito, en donde me alojé un par de noches. El río pasa justo al lado y permite refrescarse la cara de buena mañana.
Des Jasper, ahora con mis amigos, regresé unos días después a Banff, desde dónde tomaría un bus hacia Calgary, mi siguiente destino.
Trenes infinitos
Los trenes de Canadá son famosos por ser de los más largos del mundo. Y concretamente los trenes de carga, con los que me he topado en las Rocosas.
Normalmente llevan entre 150 a 250 vagones. O sea, que puede medie de 2.5 a 3 km de largo, aunque el récord canadiense está en 300-400 vagones, hasta 4 km.
¿Por qué son tan largos? Llevan grano, carbón, petróleo y contenedores de Vancouver a Toronto. Una sola locomotora no puede, por eso llevan 2 o 3 locomotoras delante y una o dos en medio. Cuando cruzas un paso a nivel, y a mi me pasó una vez, puedes estar entre 5 y 7 minutos esperando.
El peso de estos trenes es de entre 18.000 y 25.000 toneladas.
Otra curiosidad es que en determinados tramos hay un sistema en espiral con túneles de 1909 para que esos trenes de 3km puedan subir la montaña sin descarrilar.
Calgary
La tercera ciudad más grande de Canadá, después de Toronto y Montreal, tiene 1.678.073 habitantes.
Es una ciudad muy verde, rodeada de bosques y jardines que incitan a pasear y correr, sobre todo siguiendo el curso del rio Bow, que puede cruzarse por varios puentes, entre ellos el de la Paz, del arquitecto Calatrava.
También llama la atención los quilómetros de pasadizos que conectan unos edificios con otros, con puentes aéreos que cruzan por encima de las calles y avenidas. El “Sky pass way” permite andar de un lado para otro protegido del frío, el calor y la lluvia, conectando centros comerciales, tiendas y restaurantes con hoteles y edificios de oficinas.
Cuenta además, con una de las bibliotecas más bonitas del mundo y un interactivo museo de la música, que alberga un modernísimo y bello edificio.
Y en el lugar en que se reunían todas las tribus indias que habitaban Canadá antes de la llegada de los europeos, un bellísimo museo de reconciliación, que nos habla de la historia, la filosofía y el modo de vivir de pies negros …..
Yo vine, sobre todo, para visitar a una antigua amiga de Cataluña, Anna, que decidió emigrar a este inmenso país, en donde vive con la familia que allí ha formado.
De Calgary a Vancouver
Más de 10 horas separan Calgary, en Alberta, de Vancouver, en British Columbia. Por eso decidí hacer una parada en Kelowna, un lugar que, tal como me habían dicho, es precioso. Un lugar de playa, para descansar y relajarse. Mucha animación, buenos restaurantes y un montón de bodegas en donde degustar los vinos de la que se conoce como Napa del Canadá.
Victoria
La capital del estado de British Columbia se encuentra en un extremo de la Isla de Vancouver.
Es una bellísima ciudad con mucho encanto y a escala humana. Se puede recorrer fácilmente a pie, por su paseo marítimo, sus tranquilas calles de preciosas casas de madera o por sus parques sin domesticar, con miradores al mar y acceso a playas casi vacías.
Cuenta con varios interesantes museos, un parlamento que también puede visitarse y hasta un “castillo” impresionante hecho construir por un immigrante que hizo fortuna gracias a las minas de carbón.
Un lugar ideal para relajarse durante unos días.
Vancouver
A unas 4 horas y media de Victoria, en bus y con una hora de ferry incluida, se llega a Vancouver. Es una gran ciudad, también muy acogedora.
Los rascacielos han crecido por doquier, pero a sus pies se conservan calles enteras de casas de madera tradicionales que albergan infinidad de tiendas y restaurantes de todo tipo. Lugares muy agradables para pasear.
La ciudad posee un parque enorme y salvaje, Stanley Park, que precisa de varias horas para ser recorrido.
Y a pocos kilómetros se encuentran otros lugares maravillosos, como Stawanus Chief, una montaña increíble a la que se llega por la Sea to Sky Highway, dicen que una de las carreteras más bonitas de Canadá.
También muy cerca se encuentra el parque de Capilano, cuyo puente colgante es una de las atracciones de la ciudad que nadie quiere perderse. Buses gratuitos salen constantemente del centro de Vancouver hacia ese bellísimo lugar. Los 40 euros de la entrada bien valen la pena.







































































































































































































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